2/5/13

Resurrección


Y sí, al final, no pasa nada. Lo aprendí, tarde, pero lo aprendí.
Además, no paro de repetirlo, como una especie de mantra:

Al final, no pasa nada.

Toda muralla de fábula de literatura fantástica, que uno  monta en su cabeza cuando algo comienza, se puede derrumbar repentinamente.
Claro está que los ladrillos y el polvo, repletan toda la existencia en ese momento.
Pero no le demos crédito en demasía; es un soplo, un momento. Porque la vida se despliega como una sucesión de  varios instantes que se amontonan y compiten entre ellos para destacarse.

Entonces, busco mi canción de amor.
Que no es más que mirarme al espejo y ser congruente con eso que veo.

Alguien me dijo que alguna vez me describí como luminosa: pagada de mi misma que me dicen…
Pero siento que lo que debo haber querido expresar es que busco la luz.

Así es como un día, con justa sabiduría, me di cuenta de que apilando los ladrillos a un costado y sacudiéndome un tanto el polvo, todo vuelve a ser real.

Lo real, lo auténtico, lo sencillo; es lo que vale la pena.
Lo real, lo auténtico, lo sencillo; es lo que yo elijo.



1 comentario:

Julieta Abiusi dijo...

Por suerte, nuestra arquitectura está hecha para eso: caernos y levantarnos. Moldar y desmoldar. Siempre hay que elegir lo que vale la pena.
Saludos!!!